POR ENGGE CHAVARRÍA
¿Por qué las mujeres no son independientes, por qué no logran tener un empleo y que sea sostenido? La independencia económica de las mujeres no siempre se manifiesta en cifras llamativas o titulares espectaculares.
En muchos casos, se vive en silencio: en decisiones cotidianas, en la capacidad de pagar transporte propio, en elegir estudiar o seguir una carrera, en pedir ayuda cuando se necesita. Pero esos silencios también se traducen en ausencias en el mercado laboral formal, en brechas salariales que persisten, en trabajos de cuidado invisibles y en oportunidades truncadas.
Pareciera un tema repetitivo, pero la realidad nos rebasa y es momento de generar desde las infancias un plan de acción urgente para incorporar a la vida laboral a las mujeres.
En México, la participación económica femenina ha retrocedido: entre 2024 y 2025, poco más de 282 000 mujeres dejaron de formar parte de la fuerza laboral, con lo que la tasa de participación pasó de 47 a 45.8 % en sólo un año, según cifras del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi).
En 2025, aunque México creó empleos, el 99.6 % de los nuevos puestos fueron para hombres, y sólo 0.4 por ciento para mujeres, profundizando la brecha laboral femenina.
La tasa nacional de participación laboral —que mide cuántas personas de 15 años o más quieren y pueden trabajar— bajó de 60.4 % a 59.5 % en un año reciente, con señales de menor incorporación de mujeres. ¡Ufff!
Esta disminución no es solo un número: es un reflejo de barreras estructurales que impiden que las mujeres ejerzan plenamente su derecho al trabajo y al desarrollo económico.
Muchos factores lo explican, desde la falta de servicios de cuidado accesibles hasta la enorme carga del trabajo no remunerado en el hogar. Según datos legislativos oficiales, 17.2 millones de mujeres se dedican exclusivamente a tareas del hogar y de cuidados, frente a menos de un millón de hombres que hacen lo mismo.
Ese trabajo que no se remunera, sin embargo, tiene un valor para la economía nacional equivalente a casi un 24 % del PIB; y más del 70 % de ese valor es generado por mujeres. Así, lo que no se reconoce oficialmente como “trabajo remunerado” termina siendo el sostén invisible de la sociedad, al costo de limitar las oportunidades económicas de millones de mujeres.
Las cifras del mercado laboral tampoco son alentadoras en cuanto a equidad: las mujeres enfrentan tasas de informalidad más altas que los hombres, con más de la mitad ocupadas en empleos sin acceso a seguridad social o prestaciones, y una brecha salarial persistente que significa que muchas mujeres ganan considerablemente menos que sus pares masculinos.
Ante esto, el regreso de las mujeres a una participación plena en la vida laboral formal no es solo una cuestión de justicia social: es una necesidad económica para el país.
Un análisis del Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO) señala que si México lograra que la participación económica de las mujeres alcanzara el promedio de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OECD), la economía nacional podría crecer sumando hasta 6.9 billones de pesos adicionales al PIB en la próxima década.
Esa cifra convierte la participación laboral de las mujeres de un tema “de género” a una cuestión estratégica para el crecimiento económico de México.
Más mujeres trabajando formalmente no solo significaría mayores ingresos para sus hogares, sino también mayores ingresos fiscales para el país, mayor consumo, más innovación y un crecimiento sostenible más robusto.
Pero no podemos hablar de regreso laboral sin considerar las barreras que se interponen. Muchas mujeres quedan fuera del mercado remunerado no por falta de voluntad, sino por la ausencia de redes de apoyo robustas: servicios de cuidado asequibles, horarios flexibles, políticas públicas que reconozcan y redistribuyan el trabajo de cuidados.
Estas redes no son lujos; son estructuras que permiten que la independencia económica deje de ser un privilegio y se convierta en una realidad para más personas.
Porque cuando una mujer no tiene ingresos propios o no puede acceder a empleo formal de calidad, pierde también autonomía para decidir sobre su futuro, su seguridad y la de su familia. ¡Ya basta!
LA PIEZA… Agradezco profundamente el espacio que me abre Finanzas en Tacones, bajo la dirección de Lucy Quiroga, abre para poner en el centro conversaciones necesarias sobre economía, autonomía y liderazgo femenino.